El Racismo de día a día

El racismo de día a día
Por María I. Reinat-Pumarejo

Si usted es un educador antirracista, un simple intercambio de amabilidad entre extraños puede convertirse en la más íntima o extraña discusión si se contesta honestamente a la pregunta ‘”a qué se dedica usted”. Y digo honestamente porque a veces en un viaje de seis horas en avión, quiere uno simplemente descansar y evitar las predecibles, y en ocasiones, agitadas reacciones de la gente. En mi caso, llegado el momento tengo que decidir si empiezo el taller antirracista en el avión o espero a llegar a mi destino. Está la persona que muy entusiastamente comienza la conversación no bien se abrocha el cinturón de seguridad, después de todo es un viaje largo con una total extraña sentada a su lado, para luego, ante una honesta respuesta sobre mi profesión darme un muy infecundo “oh” y sin más ni más entregarse al libro de turno. También está aquel o aquella que instintivamente, y sin solicitud de mi parte, confiesa que no es racista y que tiene un mejor amigo o amiga que es negro/a. O la persona que se posesiona ante el tema y legisla que no hay racismo y que la mera mención del tema es racista en sí. Algunos hasta me paran la trompa. Y no puedo olvidar el catapultesco “lo que pasa con esa gente es que son unos acomplejaos”. En una ocasión, ya hace muchos años, una oficial de la policía que asistía a uno de nuestros talleres muy asertivamente nos decía que el problema de la violencia se debía indudablemente a que éramos las personas latinas, negras, asiáticas y nativo americanas innatamente violentas. Confieso que mis tendencias homicidas clamaban sangre cuando noté que estaba en territorio del Ku Klux Klan y la misis llevaba una pistola en su cintura. Después de más de veinte años aprende una a trabajar con el tema y con las pasiones y agitaciones que se apoderan de la gente, y de las de una misma en el proceso antirracista. Tiene una que decidir si llegado el momento se enreda en el cuadrilátero de boxeo, si se convierte en policía de la corrección política, si hace una sesión de terapia, si se convierte en confesionario o si se conduce un proceso que lleve a la transformación y al análisis atemperado.

No ayuda al diálogo efectivo sobre racismo el que, a pesar de las divisiones y los opresivos patrones socio-económicos que surgen como legado, el tema sea poco tratado en las escuelas y en los centros de saber. Algunos maestros y maestras con los que hemos trabajado admiten que no saben como manejar situaciones raciales que surgen con sus niñas y niños. Uno de los casos que más profundamente me ha impactado es el de una niña de seis años en Puerto Rico que de camino a una excursión escolar fue enviada por su amiguita a la parte de atrás de la guagua pues según ella, en su ignorancia sentenciadora, allí es donde van ellos. Cala hondo este ejemplo por el impacto que tiene en ambas niñas, por lo reciente de la situación y porque la experiencia de segregación en la transportación, pensaría uno corresponde al apartheid estadounidense previo a los años sesenta. Y sin embargo, quedan los ominosos residuos, y la resonancia colonial en Puerto Rico, que lacera ante nuestros ojos la auto-estima de nuestros niños y niñas. ¿De dónde sacó esta niña tal idea? Sabemos que en este caso no fue ni de su padre o madre, ni de las maestras que nos pidieron ayuda. Puede un educador o educadora graduarse con honores de una universidad sin una sola mención del tema y sin la preparación necesaria para atajar situaciones como la descrita. El problema de la negación o el trato superficial del tema no es privativo de la preparación académica de los maestros. El tema del racismo, a pesar de lo importante que es, no es por lo general materia seria de enseñanza en ninguno de nuestros campos o disciplinas de enseñanza. Le queda al profesor/a o al maestro/a consciente salirse del currículo o forzar una clase como electiva independiente para responsablemente tratar el tema. ¿Cuántos de ellos y ellas se han quemado y agotado lidiando con las barreras institucionales que le impedían impartir conciencia liberadora de este tipo?

En un grupo de cuarenta personas al preguntar cuántos, cuando estudiaban, recibieron una definición formal sobre el racismo. Invariablemente uno o dos personas levantan sus manos en reconocimiento del excepcional educador o educadora que se salió del libreto institucional. La gran mayoría de las personas admiten que nunca fueron instruidos en el tema. A la pregunta entonces sobre qué es racismo, surgen sin fallar opiniones diversas, ¡cuarenta opiniones diversas a veces! sobre los que es racismo. La discusión sobre el racismo, de ocurrir, se convierte en un pareo estéril de opiniones donde se pretende que todas cuenten por igual. Predeciblemente, el debate termina como el rosario de la aurora; maltrechas las opiniones y los egos, y sin la experiencia en manga sobre como llevar un diálogo fructífero sobre el racismo. Con el transcurrir del tiempo aprende una que hay que definir el racismo más allá de nuestras opiniones, aun cuando eso signifique echar por la borda aquellas que atesorábamos para nuestra propia comodidad. La definición debe ser funcional a la tarea de romper el poderoso esquema racial que aún determina las relaciones de poder en nuestra sociedad.

Racismo, para algunas personas, es “aquello que no me define a mí”, aquello que es privativo de los que odian, los ignorantes de nuestra sociedad o los que albergan abominables prejuicios. Racismo en la mente de algunos surge de seres poco evolucionados que quedan como remanentes de un pasado bochornoso. Y cabe la pregunta: ¿si mágicamente hiciéramos desaparecer a todas estas personas que odian y actúan a base de sus prejuicios raciales, desaparecería el racismo? “El racismo” dicen algunos “no me define a mí pues no tengo ni un ápice de prejuicio en mi ser.” ¿Cómo evitar no tener prejuicios en una sociedad que históricamente ha dependido de esta poderosa ideología para establecer un orden social e importancia relativa entre grupos sociales? Una ideología racial que produjo los primeros frutos del capitalismo moderno y que sigue recabando riquezas para los más blancos de nuestro planeta.

Si miramos con un lente antirracista a nuestro alrededor y se sopesa la visión de mundo que promueven nuestras instituciones podemos llegar a claras conclusiones. Veamos un ejemplo reciente. En noviembre pasado de camino a una actividad en el centro de la Isla nos encontramos, mis compañeras y yo, con un tapón ocasionado por la parada de la puertorriqueñidad. Madres, niños/a y maestras bellamente ataviadas eran parte de una muy lucida procesión patria. Mi contentura dio paso a la contrariedad al ver la apariencia de los dos niños que representaban a nuestros ancestros negros/as. Ambos vestidos con trapos, pintura asemejando sucio en sus pieles oscuras, uno con una peluca afro, y sus hermosas caritas… contrario a la de sus compañeritos, denotaban tristeza. Muy bien nuestros ancestros negros pudieron estar representados como reyes, artesanos, maestros o bailarines. Muy bien sus pelos pudieron ser usados como altar artístico. Muy bien pudieron lucir trajes coloridos, vistosos, planchaditos, así como los jibaritos y jibaritas que se lucían en la procesión. Pero no fue así. ¿Qué niño/a puertorriqueño/a, en su inocencia, va a querer representar a nuestros ancestros negros/as cuando se le requiere encarnar el calvario de la esclavitud? Particularmente en contraposición con otras imágenes del mosaico puertorriqueño bellamente representadas. Nuestros jíbaros también sufrieron opresión y en su momento sus cuerpos también estaban sucios por las largas jornadas de explotación, sus pelos también se desmarañaron, y sus ropas raídas y sucias limpiaron su sudor, pero al mostrar orgullo por ellos lo hacemos positivamente, tratando de preservar su dignidad. ¿Cuál era la visión de mundo que promovieron los organizadores de esta parada? ¿Quizás machacar la insidiosa idea que nuestros ancestros negros solo aportan su experiencia de opresión? ¿Qué ser persona negra es sinónimo de tizne y tristeza? ¿O enfatizar nuevamente un orden racial donde la llamada tercera raíz de nuevo queda relegada a un lugar de subordinación?

Las situaciones para compartir sobran, pero uno de los ejemplos más dramáticos de ordenamiento racial lo encontramos al prestar atención a la imagen de la divinidad. La imagen de Jesucristo exaltada por el pintor Miguel Ángel en la Basílica de San Pedro nos presenta un Jesucristo blanco, quizás como dicen algunos en tono de chiste, usando a un primo suyo como modelo. Es esta imagen de Jesús la más popular, diseminada y aceptada dentro del cristianismo; una imagen que parece representar más a un nórdico de Escandinavia que a un hombre de Galilea heredero del trono de David. Según historiadores que lo contextualizan en su época y apuntes de la Santa Biblia, Jesucristo no podía ser blanco. ¿Cuán oscuro era?, no sabemos a ciencia cierta, pero lo suficiente para sugerir que la imagen que Miguel Ángel legó responde a su propio sentir como hombre de tez clara y que quizás un puertorriqueño o mexicano, parecido en tez a los nazarenos de su época muy bien podrían representar a la. Divinidad. La aceptación de un Dios racializado (y sexualizado por cierto), con mucho respeto a la memoria del gran genio que lo pintó, presenta un dilema de profundo impacto espiritual y ontológico: si somos hechos a semejanza de la divinidad, ¿qué ha de sentir un niño o niña de tez oscura cuando consistentemente ve a un Jesucristo blanco como representación divina? ¿cuando se habla de angelitos blancos con cachetes rosados y rizos dorados? ¿cuando se añade a esta experiencia la experiencia de un currículo escolar donde se invisibilizan la aportaciones de nuestros ancestros negros? ¿y dónde queda la responsabilidad del sistema religioso? No en balde clamaba el poeta venezolano Andrés Eloy Blanco:

Pintor nacido en mi tierra,
con el pincel extranjero;
pintor que sigues el rumbo
de tantos pintores viejos,
aunque la Virgen sea blanca,
píntame angelitos negros.

Clamores como el del poeta en el siglo pasado nos hacen anhelar una sociedad libre de racismo, pero como liberarla cuando el racismo se concibe exclusivamente como un acto intencional de unos pocos individuos, cuando no se le adjudica responsabilidad a las instituciones que albergan a los individuos. Un dramático ejemplo de esta relación simbiótica se da en el 1992 cuando salió a relucir en los diarios estadounidenses el infame Violence Innitiative Project. Este proyecto que fue promovido por el Dr. Frederick Goodwin, el psiquiatra de más alto rango en la administración de George Bush padre, trataba de probar la tesis de que la violencia se debe a una predisposición genética en sus perpetradores. Sus estudios trataban de sugerir que la violencia que ocurre en nuestras comunidades negras y latinas se debía a una condición genética y hereditaria. Como si no fuera suficiente su teoría racial, fue atrapado in fraganti al comparar a los niños y jóvenes de los llamados “inner cities” con monos que viven en la jungla, que solo quieren matarse entre sí, tener sexo, y reproducirse. Eventualmente no le quedo otro remedio que disculparse, y ante la indignación de los/as ofendidos/as, se le dio el cargo de director del Instituto Nacional de Salud Mental. Vemos como un individuo, de la calibre de los más peligrosos supremacistas, es ascendido a director de una de las estructuras mundiales más grande de investigación y salud mental sin consideración a sus obvios prejuicios contra nuestros niños y jóvenes. Para nuestro espanto, la cosa no terminó allí. En el 1998 escuchamos nuevamente a una alarmada prensa reportar nuevos experimentos donde se utiliza el mismo argumento racial (entre ellos El News and Record, del 18 de abril 1998 y The Final Call de mayo 5 de 1998). En esta ocasión, utilizando fenfluramina (fen-phen), un popular supresor de apetito que fue sacado del mercado en el 1997 por causar serios problemas en el corazón y los pulmones de los que la consumían. Un centenar de niños negros y latinos fueron expuestos a la peligrosa droga. A éstos se le daba la fenfluramina por boca, se les encamaba por cinco horas, se les ponía un catéter en los brazos para tomar muestras de sangre, permaneciendo sin comer por diecisiete horas. ¿Quién promovía estos experimentos? Bochornosamente, el gobierno, la Universidad de Columbia, el Colegio Queens, la Escuela de Medicina de Mount Sinai, la Fundación Loweinstein… y financiado por el Instituto Nacional de Salud Mental, dirigido por el siniestro Dr. Frederick Goodwin. El mismo que comparaba a nuestros jóvenes con monos en la jungla. El gobierno y las instituciones participantes una vez más lo facultaron institucionalmente para continuar promoviendo sus aberradas ideas. El racismo personal en este ejemplo fue acogido institucionalmente, consciente o inconscientemente, porque era de beneficio político y económico. Enredados en un esquema que le daba prestigio y financiamiento a los científicos y a las universidades que los apoyaron, quedaban nuestros niños sin nadie que se responsabilizara por los efectos de la droga. Los valores, prácticas y estructuras internas de estas entidades que apoyaron a Goodwin, se acoplaron macabramente con su racismo personal para permitir impunidad tanto en Goodwin como en ellas mismas.

Se hace difícil pedirle cuentas a estas instituciones pues el racismo se mide a base de intención, no de su impacto y los resultados nefastos que producen en grupos y poblaciones enteras. El 29 de enero de 2008 en el periódico Primera Hora aparece un segmento de noticia bajo la sección “el sabelotodo”. Su autor, y la junta editorial que aprobó el segmento, como papagayo reciclan la odiosa idea de que las personas negras huelen distinto. ¿Por qué las personas de la raza negra huelen diferente? –pregunta. Y para agraviarnos aún más se acompaña el comentario del autor con una escandalosa y ofensiva caricatura de una persona negra firmada por un tal Gary Javier. Nos dice que “hay razones genéticas que determinan que las personas de la raza negra puedan tener un olor diferente. Simplemente sus glándulas sudoríparas axilares son más grandes y más activas”. Y aunque en ningún momento dijo: las personas negras apestan, sí alude en su verborrea a la necesidad de ser higiénico. Sugiere en código que las personas negras deben bañarse más a menudo que las personas blancas. El autor cuyo nombre no aparece registrado en el segmento, queriendo o no (en nuestro trabajo eso es irrelevante), utiliza su acceso al lector de Primera Hora para propagar una vez más la malvada idea de que genéticamente somos distintos y de que unos olemos mejor que otros. ¿Pensó este señor en la cantidad de niños y personas que han tenido que escuchar comentarios ofensivos sobre su olor? ¿Pensó en el impacto que tendría en las personas de tez negra? ¿Entre tantas cosas importantes que hay para escribir, por qué escogió escribir de esto? ¿A quién o a qué le beneficia un comentario como este? Aunque es inconsecuente también, ni siquiera cita sus fuentes. Sabemos por nuestro trabajo que hay personas como esta en todos lados, el problema es que Primera Hora le publica sus opiniones. ¿Qué visión de mundo promueve Primera Hora al permitir el comentario del periodista? ¿En qué le beneficia?

Todavía más, ¿se puede probar que hubo una intención de parte del autor de hacerle daño a las personas de tez negra? ¿Se puede probar intención racial en cualquiera de las instituciones que apoyaron a Goodwin en sus experimentos? ¿Se puede probar que los maestros o coordinadores de la escuela en Puerto Rico que promovieron la citada parada del Día de la Puertorriqueñidad tuvieron la intención de perpetuar ideas racistas? ¿De humillar a los dos niñitos que representaban a nuestros ancestros negros? El racismo se ha hecho más sofisticado, más difícil de substanciar y desenmascarar. Los maestros simplemente hicieron lo que consideraban “normal” dada su propia socialización y su preparación como maestros. Calcaron en la procesión las imágenes aceptadas de personas negras en estado de sumisión que aparecen en el currículo oficial de estudios sociales. En el caso del autor del artículo del olor, tendrá éste que examinar su socialización, examinar por qué era importante para él hacer un comentario como este. Tendrá, si quisiera trascender y convertirse en un escritor extraordinario (o cualquiera sea su profesión), tratar de de-toxificarse de la peste y la putrefacción racial que como marioneta, utilizó sus manos . Primera Hora tendrá que hacer un análisis institucional para ver que falló en su proceso de publicar seriamente y con responsabilidad.

Promover y apoyar ideas racistas solo requiere ser normal en instituciones que consideran normal promover una visión de mundo que privilegia lo blanco. Los llamados blancos en una sociedad no tienen que enterarse que la sociedad les privilegia. Casi podemos estar seguros/as que el escritor del artículo sobre el olor probablemente nunca escuchó un grito ofensivo sobre su propio olor debido a su color de piel así que al escribir puede frívolamente dar rienda a su opinión y presumir, sin decirlo, de que huele bien. El racismo existe subyacente en la fibra institucional fortalecido por nuestro miedo a encararlo y a cuestionar a las instituciones. Como existe subyacente hay que escarbar para entenderlo bien, para entender la dinámica relación entre racismo individual e institucional, y si se quiere, elevar la discusión de los planos comunes. Al escarbar miraríamos a aquellas estructuras que aún con fachada benevolente producen resultados desproporcionados racialmente. El racismo existe en la política pública, en las normas explícitas e implícitas que rigen el funcionamiento organizacional y en su cultura organizacional. Existe en los programas que se promueven e impactan a los servidos. Si hiciéramos un análisis antirracistas de las instituciones tendríamos que ser menos defensivo y en voz de una colega antirracista, convertirnos en amantes críticos de nuestras instituciones. Un análisis antirracista sería descolonizador y revolucionaría las estructuras valoradas socialmente. Para hacer tal análisis, tendríamos que definir propiamente el racismo, cosa que haremos en una próxima ocasión.

La autora es co-directora de ilé: organizadoras/es para la conciencia-en-acción con base en Puerto Rico y entrenadora del People’s Institute for Survival and Beyond cuya sede nacional se encuentra en Nueva Orleáns. Ambas organizaciones se dedican a la educación y organización antirracista. Para información sobre el trabajo antirracista que lleva ilé escriba a mreinat@conciencia-en-accion.org.