Amante crítico: postulados de Filiberto Ojeda Ríos

Aquí compartimos la ponencia de María I. Reinat Pumarejo, co-directora del Colectivo Ilé, ofrecida en la Vigilia # 80 en Vega Alta el 23 de mayo de 2012.

Un saludo en esta noche y mi agradecimiento a los organizadores y organizadoras de este evento: en especial a nuestra colega Dominga Estrella Flores Anaya, una servidora impecable de la patria a quien le agradecemos la invitación y el honor. También saludamos a nuestro querido y celebrado Alfonso (Tito) Auger Vega, a la trabajadora cultural Roxana Badillo (MC de la noche), al Profesor Benjamin Negrón y a todos los vegalteños por la generosidad de este batey moderno.

Esta noche estamos en vigilia… vigilantes de la memoria de Filiberto Ojeda Ríos. Vigilamos su sueño libertario y sus convicciones revolucionarias, y estamos en vela, recordando el horrendo crimen cometido por el FBI con el amparo de la Policía de Puerto Rico. El 23 de septiembre de 2005 nunca podrá borrarse de la memoria colectiva de nuestro pueblo. Fue un acto tan salvaje contra nuestro Filiberto que los que vivimos el día con consciencia sabemos que el trauma está a flor de piel, seguimos en duelo por la perdida de un hombre que se hizo querer, un hombre que se ganó el respeto de todos/as, un hombre íntegro y honesto. Perdimos a un hombre de valor incalculable que se destacó en el campo de batalla colonial. Vigilantes… recordamos al hombre que hizo lo que muchos y muchas quisiéramos hacer: enfrentar al opresor de cara a cara y ejercer la legítima defensa de nuestros cuerpos y de nuestra patria. Vigilamos la memoria colectiva pues el colonizado tiende a olvidar los atropellos que se cometen contra ellos y contra los suyos y suyas. Desmemoriados/as, olvidamos la violencia de estado y asumimos culpas que no nos corresponden. Con estas vigilias hemos hecho un compromiso de no olvidar a Filiberto, no olvidamos ni las circunstancias de su muerte, ni la tortura, ni el horrendo crimen, ni el encubrimiento. No olvidamos su mensaje unitario, su claridad, su arrojo y su certeza de libertad. Vigilamos con la dignidad y la solemnidad espiritual que se merece su figura y denunciamos con todo el fervor de nuestras almas que el vil asesinato continúa impune. Tanto más le rendimos tributo a nuestro comandante al realizar este acto recordatorio en la Plaza pública de Vega Alta, popularizando así su pensamiento más allá de espacios privilegiados.

Aunque nuestro Filiberto vivió en el clandestinaje una veintena de años, su pensamiento, afortunadamente, no entró en el clandestinaje con él. Su voz y sus escritos siguen con nosotros/as para orientar y atemperar las luchas. Filiberto, a nombre del Ejercito Popular Boricua, fue generoso ofreciendo cada 23 de septiembre un mensaje alentador y orientador a las huestes congregadas en el Altar de la Patria en Lares. Otorgó entrevistas, y ocasionalmente opinaba desde el clandestinaje a través de El Machete, órgano oficial de los Macheteros sobre las situaciones y afrentas coloniales que pudieran surgir. Al examinar estas comunicaciones, se lee y se escucha en él una voz de pueblo en defensa de la patria con principios firmemente delineados. Su ideario y principios de lucha revolucionaria y transformativa sobreviven para beneficio de todos/as. Esta noche reflexionamos sobre algunos de los postulados que abonan el camino revolucionario y que fueron tan excelsamente modelados por Filiberto.

Para empezar, afirmaba Filiberto, la lucha por la independencia debe ser ganada por mérito propio. Nadie en su sano juicio podría esperar que los Estados Unidos, un país en extremo violento e impositivo, de la noche a la mañana reconociera nuestros derechos, o reconociera su arrogancia y pedantería, y así porque sí, claudicara sus ímpetus coloniales. Como José Martí, el gran apóstol de la Independencia cubana, Filiberto reconoce que “…los derechos se toman, no se piden; se arrancan, no se mendigan”. Con igual claridad, el ex esclavo, abolicionista y orador estadounidense Frederick Douglas lo retoma cuando dice: “El poder no concede nada sin una demanda, nunca lo hizo y nunca lo hará”, “aquellos que favorecen la libertad y aún así desprecian la agitación, son personas que quieren cosechar sin arar la tierra, quieren lluvia sin truenos ni relámpagos, quieren el mar sin el imponente rugido de las muchas aguas.”

Filiberto creía en la lucha armada… ciertamente no le temía a las tempestades. El otrora músico y trompetista declara, “Yo me siento como un militar puertorriqueño”. Filiberto creía en la libertad, en la dignidad y en la plenitud y dispuso de su vida para que todos escapáramos el cautiverio colonial. Las acciones militares a favor de nuestra patria y pueblo son hechas con el convencimiento de que eran una alternativa legítima para los puertorriqueños/as que así lo sintieran. Como pueblo que históricamente ha sido víctima de las practicas genocidas de los Estados Unidos, la opción de resistencia armada le es lógica y natural. Sabe que la vida de una persona es corta, pero la de un pueblo larga y luchar por las futuras generaciones es su norte y es su sur.

Como buen militar, Filiberto tenía muy bien identificado al enemigo. Sin embargo, en su humanismo, distingue entre el enemigo y el pueblo manipulado. Al enemigo lo identifica como el gobierno estadounidense, el imperio y las fuerzas militares y represivas que le sirven para imponer prácticas genocidas. Muy cercano a éstos se ubican los colaboradores coloniales, quienes viven enajenados del pueblo y participan de su opresión. El pueblo, tanto el estadounidense, como el puertorriqueño son víctimas de la manipulación imperial. Razón por la cual, los operativos militares que se conducen bajo su liderato tratan a toda costa de proteger la vida humana. El pueblo no es culpable de su desgracia y por lo tanto hay que organizar con cuidado las operaciones militares.

“En una revolución genuina, nos dice Filiberto , el sentido de humanidad es fundamental, es lo predominante.” “Si se pierde el sentido de humanidad, se pierde la revolución.” Existe una grandeza de pensamiento al percibir que el pueblo estadounidense vive controlado por unos pocos, diríamos hoy el 1% que le impone al 99% un estado de miseria y crueldad. El pueblo manipulado no es culpable de las acciones de sus gobernantes, particularmente si no existe la consciencia revolucionaria. Le toca al independentismo y a sus organismo laborarla, trabajarla, entretejerla en el pueblo y adelantar los proceso de transformación y lucha. En uno de sus comunicados, en plena actitud paterna, llama a capítulo al independentismo, y expone: “A veces escuchamos quejas criticando al pueblo por que no ha sido capaz de lanzarse a la calle para protestar contra tanta inmoralidad, pero ¿qué hemos hecho los independentistas para que eso pueda suceder? ¿Cómo es posible que le echemos la culpa al pueblo por lo que no hacen los independentistas, que se suponen seamos los más conscientes y comprometidos? No hemos sido capaces de crear las condiciones de educación en la acción, acaso ¿hemos estado junto al pueblo?”

No solo combate al gobierno estadounidense y su imposición, combate también al enemigo infiltrado en nuestras mentes —al que pierde de vista quien es el enemigo verdadero. Comprende que el cautiverio y la violencia de estado afectan letalmente la psiquis de los subordinados coloniales. Obvio lector de Frantz Fanon, entiende que los efectos de tantos años de coloniaje y los mensajes repetidos de inferioridad tienen el potencial de paralizarnos ante el potencial de libertad. Es imperioso entonces, demostrar por mérito propio que tenemos la capacidad de conquistar nuestra independencia; que ese gesto disciplinado y habitual de resistencia, como terapia, puede liberarnos de los miedos inculcados. Filiberto habla sabiamente de la necesidad de tener una estima elevada y de ser los rectores de nuestro propio destino político. Entiende que los esfuerzos militares en los que incurre el Ejercito Popular Boricua van encaminados a demostrar que el aparato militar de los Estados Unidos tiene grietas; que no son los enemigos impenetrables que parecen ser, que no son tan formidables como su historia distorsionada y mitológica quiere hacernos creer. Cada batalla o actividad clandestina demuestra y modela fortaleza y busca esencialmente recabar poder para el pueblo. De ahí el uso de la metáfora popular del pitirre para nombrar varias de las operaciones de los macheteros. Pitirre I, II y III sugieren que el pitirre siempre puede asediar al guaraguao lo suficiente para que éste desvíe su vuelo o aterrice sofocado. Aun más, la operación denominada Pitirre II, el operativo militar contra las instalaciones y aviones caza bombarderos A7D de la Fuerza Aérea norteamericana en la Base Muñiz, demostró un poder inimaginable, inesperado y sorpresivo, y de paso, humilló a la supuesta fuerza militar más poderosa del planeta. En términos de auto-estima para el aspirante revolucionario, ciertamente estas operaciones tuvieron el efecto de ayudarnos a concebir la libertad y a crecer valor exponencialmente.

Años más tarde vería la culminación de la lucha de Vieques en contra de la Marina, admiraría la unión del pueblo y su enfoque estratégico, y diría orgullosamente: “Es para todos muy claro, que el almirantazgo tembló” (refiriéndose a Washington y a la marina).

En la misma corriente, Filiberto reconoce la necesidad de reducir nuestra capacidad para la tolerancia y la extrema paciencia que tiene el puertorriqueño, de quien decía “acepta cualquier cosa”. Es esa la capacidad del ser colonizado que baja sus expectativas de libertad y felicidad y acepta el abuso como algo natural. Para Filiberto, un hombre caracterizado por su dignidad y orgullo, esto era inaceptable. Cultivar nuestra capacidad de indignación y asumir combatividad fue uno de los postulados de su pensamiento. Sabemos que Filiberto hasta el último momento mantuvo su posición de defensa y combatividad.

Filiberto prestó mucha atención a la unidad del movimiento independentista, particularmente en sus últimos años, e incluso en su último mensaje enviado desde Hormigueros a Lares el día de su muerte. Por la importancia y relevancia a siete años de su muerte cito de su último mensaje: “Mientras somos víctimas de todas estas inmorales agresiones, los independentistas, que tenemos que ser los que ayudemos a profundizar en el pueblo la consciencia patriótica defensiva y salvadora de nuestra nación, caemos en trampas dedicando muchos esfuerzos a tonterías divisionistas, mientras en Washington se mueren de risa.” Para Filiberto había diferencias entre todas las vertientes del independentismo, pero todas merecían un lugar preponderante. Nuevamente, cito de su ultimo mensaje: “…existe algo en común entre todos los sectores sociales …, y es que todos somos independentistas. Es por eso que existe un partido independentista que cree en la participación electoral. Es por eso que existen sectores independentistas que creen en la legalidad, y es por eso que existen sectores obreros que también son poseedores de sus propias concepciones de orientación de naturaleza socialista. Igualmente, es por eso que existen fuerzas que organizamos la lucha anticolonial desde el clandestinaje. Todos tenemos una visión y entendimiento de nuestra realidad colonial determinada por unos objetivos finales al igual que por esos intereses de clase. Ésa es parte de nuestra realidad. Pero lo más importante, lo tácticamente y estratégicamente fundamental, es que todos somos independentistas y nos corresponde a todos, luchar por la independencia. Ahora, lo que hagamos cuando nuestra patria sea libre y soberana lo podemos discutir al triunfar… Lo menos que podemos hacer todos es intentar comprendernos y respetar esos espacios, lo que no quiere decir que estemos exentos de opinar respecto a nuestra particulares concepciones y hacerlo con el mayor respeto y en el foro que pueda ser creado para esos debates ideológicos del futuro, igual que saber llevar nuestras concepciones a quien tiene la última palabra, que es nuestro pueblo”.

Filiberto se aplica su propia prédica, y con humildad, sugiere que las acciones de resistencia armada son una parte de un todo revolucionario. No entra en discusiones pequeñas ni viscerales, sencillamente asume su justo lugar como patriota revolucionario. Sin embargo, advierte en contra de la negociación con las fuerzas coloniales. Las alianzas con el Partido Popular Democrático las calificó de muy peligrosas. Concibe que puede haber caminos cruzados que estratégicamente traigan beneficios al pueblo, pero es importante caminar rectamente para la causa descolonizadora y saber cuando termina la alianza estratégica, para no abandonar la revolución y convertirnos en reformistas.

Sabemos que a siete años de su muerte, y aún después de ser advertidos por Filiberto en su último día en esta patria, las luchas fraticidas entre independentistas continúan, la desconfianza es rampante y la unidad es cuestionable. Sabemos que estas luchas intestinas neutralizan nuestras acciones y sabotean nuestras mejores intenciones, sin embargo una y otra vez caemos en perjuicio de nuestros colectivos, y en medidas desproporcionadas, a favor del opresor. El plan histórico de control social consistente en sembrar divisiones y desconfianzas entre los oprimidos todavía tiene el potencial de socavar nuestra capacidad de movilización y esfuerzos combativos hacia la descolonización. Es designio de la indoctrinación esclavista, confiar en el amo más que de lo que confiamos en nosotros/as mismos. De ahí que muchos “atesoremos” una relación con los EEUU y aceptemos como superior su regencia. Es condición del colonizado que anhelemos sus bienes, cuán insulsos sean, y que antepongamos el bienestar material a cualquier concepción espiritual de felicidad. Filiberto vivió con la certeza de que podíamos trascender las diferencias y el coloniaje mental. Veía la lucha colonial como un proceso evolutivo —como un proceso de desarrollo histórico y sabía que el postulado de don Pedro “la patria es valor y sacrificio” no era proverbio hueco o meramente conceptual. Habría para él un pago en dolor, sacrificios a su libertad, desconexión con su familia e incluso la muerte.

Filiberto, como muchos de nuestros ancestros, fue un cimarrón. Es necesario subrayar esto, pues va a la médula de nuestra patología como pueblo. Hubo en nuestra historia esclavista cimarrones que escapaban exitosamente. Al cabo de dos o tres semanas, sin embargo, comenzaban a merodear las haciendas, extrañando las míseras garantías de sobrevivencia que le ofrecía el amo a cambio de su esclavitud. Eventualmente se entregaban, prefiriendo la esclavitud a tener que enfrentarse a la crudeza de la libertad. Hubo otros/as, sin embargo, cuyo espíritu libertario fue inquebrantable, preferían la muerte a la sumisión y la erosión mental. Prefirieron éstos/as vivir fuera de la legalidad de la esclavitud, en el clandestinaje, forjando su propio futuro, saboteando, quemando cañaverales, quemando haciendas, y de vez rindiendo modelos de resistencia para otros. Este es el tipo de cimarrón que era Filiberto, uno bravo, de espíritu recto e insobornable. Entiende claramente que sus acciones ponen en peligro su vida y anticipa como un posible final su asesinato, pero no se detiene en el camino. Nuestro amado Filiberto, es ciertamente una amenaza a la fuerza colonial, y el FBI no le perdona la humillación de batallas ganadas, incluyendo en el propio tribunal federal. Tampoco le perdona permanecer en el clandestinaje por tanto tiempo con un cerco de confianza que le protege tan épicamente. La psiquis del opresor es tan torcida que no contempla ni la grandeza de los pueblos ni la de sus héroes mártires. Filiberto vive en nosotros y nosotras los que cada día, sin ser perfectos/as, sopesamos decisiones revolucionarias.

Propongo que para vivir íntegramente como revolucionarios y agentes de cambio social hay que ser amantes críticos de nuestras acciones y de nuestras organizaciones. Nadie pretende que entremos en la lucha armada si no se tiene el espíritu y la naturaleza como militar. No todos/as podemos decir “yo me siento como un militar puertorriqueño” con tanta naturalidad como lo hizo Filiberto. Sin embargo, de día a día podemos conducirnos con consciencia revolucionaria. Para empezar tenemos que auscultar nuestros estilos de vida y considerar si nuestros apegos, concebiblemente burgueses, permiten el destete del amo. ¿Cuáles son las acciones combativas que podemos llevar a cabo desde el cautiverio colonial? ¿y como descolonizamos nuestra psiquis? De día a día podemos decidir qué tipo de historia aprenden nuestros niños, qué libros leen, qué imágenes aceptamos en su formación, podemos decidir qué comemos, y qué negocios auspiciar; si nos deslumbramos ante las grandes gangas que nos ofrecen los walmarts del mundo, si hacemos filas indignas por unas panties de Victoria’s secret o por una dona de Krispie Kremes, podemos decidir apoyar gestiones comunitarias, aportar financieramente y/o con nuestras manos, podemos ejercer boicots y agenciar boicots colectivos (para mencionar algunas). Podemos usar nuestra creatividad como hizo Filiberto para mostrar las grietas del sistema colonial; mostrar que su hegemonía puede ser retada exitosamente, y de vez desarrollar una auto-estima colectiva saludable.

No podemos decir con seriedad que queremos la independencia, pero mientras estén los estadounidenses en control de la Isla, respaldamos sus estilos de vida voluntariamente. Filiberto nos enseño que la felicidad es posible sin esas cosas materiales. Sus últimos años al lado de su amada esposa Elma Beatriz Rosado y su labor por la independencia en la clandestinidad así lo sugieren.

¿Cómo alcanzar la “tendencia liberadora” de la que hablaba Filiberto? ¿Cómo llevamos al pueblo a desarrollar consciencia revolucionaria y ansias de libertad política? Ciertamente, y si me permiten la imagen ordinaria, no es sacándonos los ojos, despellejándonos, saboteando y neutralizando la grandeza de un hermano o hermana independentista, no es manchando su reputación u ofreciendo crítica torcida. No es señalándonos como infiltrados de forma viciosa. No es andar entretenidos en cada nuevo drama que nos presenta el imperio y sus colaboradores. El revolucionario se exige conducta intachable y modela virtud para aquellos que están en pos del salto de consciencia. Me aventuro a decir que la peor infiltración es la mentalidad colonial que recrea una y otra vez el germen de la división y la eventual destrucción de nuestras colectividades. Ser amantes críticos de nuestros procesos y organizaciones es una máxima revolucionaria. Bien lo decía la poeta lésbica negra norteamericana Audre Lourde “la casa del amo jamás podrá desmantelarse utilizando las herramientas del amo”. Ese era el peligro que Filiberto anticipaba al negociar con el imperio en condición de desigualdad política. Nuestros organismos de lucha, sean organizaciones comunitarias, sindicatos, partidos políticos o cuasi políticos tienen como consecuencia que buscar en su fibra institucional el germen de la opresión y el colonialismo. Nadie está exento de reproducir organismos y estructuras de opresión colonial cuando se ha tenido la bota opresora presionando nuestros cuellos por tanto tiempo. La cultura ha sido atacada y el opresor ha impuesto sus valores, su concepción de progreso, sus estilos de enseñanza, sus currículos distorsionados, sus religiones (concebiblemente neutralizadoras), su sentido de lógica, su definición de familia y bienestar, las prescripciones de cambio ante los problemas sociales, su política pública, sus costumbres y tradiciones, entre otras. Dada esta realidad y el efecto intergeneracional, tenemos que humildemente concebir, aunque duela, que podemos reproducir procesos y organizaciones infectadas por la cultura y por los valores del opresor, los cuales de ser internalizados, nos hace inútiles como agentes de cambio. Tenemos que concebir que, aun con las mejores intenciones, y con el mayor fervor patriótico, podemos reproducir patrones de exclusión por raza, género, orientación sexual, clase, fe y habilidad física y mental. La infiltración cultural se utiliza como un arma de control muy útil, una que nos auto-regula a perpetuidad.

Filiberto afirmaba que seguía siendo “el jibarito de Río Blanco”. Mantuvo su humildad a pesar de todo el reconocimiento y honores dispensados. Nunca estuvo tan distanciado del pueblo y de sus organismos que no considerara la reflexión y el diálogo como un principio revolucionario. Seamos hoy como Filiberto “el jibarito de Río Blanco”, o el cimarrón o cimarrona que crea espacios libres de represión y sujeción en la misteriosa manigua que lo ampara, quien estuvo dispuesto a enarbolar la bandera del sacrifico y asumió su grandeza como grandeza colectiva. Asumamos nuestro justo lugar en esta lucha histórica descolonizadora y decidamos ser inquebrantables e insobornables. Así como lo hizo nuestro amado Filiberto. Así como lo hicieron Oscar López Rivera, Avelino y Norberto Gonzáles Claudio. Así como lo hicieron los cinco cubanos: Antonio Guerrero Rodríguez, Fernando González Llort, Gerardo Hernández Nordelo , Ramón Labañino Salazar, René González Sehwerert, este último liberado pero forzado a permanecer en el imperio. Qué en su honor y por la memoria de nuestro comandante y ancestro Filiberto Ojeda Ríos, emane de nuestros pulmones la más prístina vibración de libertad para que irradie y sane a nuestra maltratada patria: Como mantra vigilante, elevamos el grito de libertad y decimos: Todo Boricua Machetero. Qué desde su morada ancestral, junto a otros héroes y heroínas, imparta la bendición para un movimiento descolonizador sólido y valeroso.