Cánceres y cánceres: la terapia tóxica de la Ley 7 y el reto a nuestro movimiento

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Por María I. Reinat Pumarejo

Parece ser que nuestro gobierno ignora que el bienestar humano va más allá de las finanzas. Se les olvida, o no saben, por su propia degradación, que el ser humano es complejo e impredecible ante la adversidad. Lógicamente se puede anticipar que muchos/as de los/as despedidos/as a consecuencia de la Ley 7 se crecerán ante el desplante gubernamental, mientras que otros/as podrían sumirse en la desesperación y agobiarse a tal extremo que su salud física y emocional se vería afectada. Es preocupante el desasosiego general que nos arropa pues la ansiedad, la depresión y la irritación son mal consejeros durante la sobrevivencia.

Como sobreviviente de cáncer del seno sé que el bienestar emocional está entrañablemente relacionado al bienestar físico. Sé igualmente que la enfermedad se aprovecha de la tristeza y la ansiedad para alojarse en nuestros cuerpos; que tiene el poder de sigilosamente degradar hasta al más fuerte o la más fuerte de nosotros/as. Sigue su curso inconsciente colonizando células saludables y esparciéndose a dependencias vitales. Esperar que el cáncer sienta compasión en su devastador avance es loable pero ingenuo e irrazonable. Al cáncer sencillamente se le destruye. El cáncer, siendo una enfermedad indeseable y despreciable, ofrece lecciones aleccionadoras.

En agosto del 2006 recibí la devastadora noticia de que tenía cáncer del seno. Demás está decir que la impresión fue tal que solo hubo vida antes y después del cáncer. Ese mismo día fui referida a una oncóloga quien convenientemente tenía oficinas en el mismo edificio del cirujano que extirpó el cáncer. Al llegar me encontré con una oficina llena de pacientes detallando los efectos de la terapia tóxica a la que se sometían en aquella oficina. Sé que no es justo el pensamiento, pero no pude sino sentirme como en un gran matadero de animales listos a ser procesados y sacrificados. Cuando llegó mi turno, la doctora no tardó en claramente delinear el protocolo médico a seguir. Éste incluiría radioterapia, quimioterapia y terapia hormonal (tamoxifen): un tratamiento agresivo para lidiar con un cáncer agresivo. Fue clara en que su acercamiento seguiría el protocolo prescrito por la medicina tradicional, que su disposición para trabajar conmigo utilizando un acercamiento integral y colaborativo de medicina natural no sería posible de quedarme con ella.

Una segunda biopsia era requerida para determinar si el cáncer había transitado por los nódulos linfáticos, y encontrar buenos/as oncólogos/as y cirujanos/as que pudieran atenderme dentro de un tiempo razonable resultó desesperante. Tuve que esperar siete semanas antes de poder ver a una buena cirujana y en lo que descifraba la impenetrable burocracia y el drama de las aseguradoras. Lo que pudo ser una tragedia se convirtió en una bendición en mi caso, pues me dio dos meses exactos (casi el mismo tiempo antes de los próximos despidos en el gobierno) para deliberar un curso de acción adecuado y restaurador. La espera me dio tiempo de estudiar y de estudiarme.

Aprendí y comprobé a base de mi dolorosa experiencia que el tratamiento del cáncer puede ser un gran negocio, una industria costosísima y muy bien engrasada que privilegia exclusivamente el protocolo médico tradicional. Confirmé que las aseguradoras pueden sin ninguna responsabilidad negarte acceso a estudios aun cuando tu vida dependa de ellos. Pueden igualmente sin consideración humana subir los costos y exprimirte hasta desangrar tus recursos. Aquellos/as de nosotras que optemos por tratamientos integrales no tradicionales tendríamos que asumir el costo adicional. Gracias a la generosidad de buenos amigos y a su esfuerzo colectivo tuve al principio de mi enfermedad acceso a suplementos, alimentos orgánicos y otras formas de sanación alternativa. Pero la realidad es que no siempre nuestros amigos y amigas pueden asumir nuestra enfermedad como su responsabilidad. Los/as médico indigentes que no puedan pagar estos tratamientos quedaran a expensas de lo que el estado tenga a bien propiciar, sea bueno o no de acuerdo a sus intereses y alianzas capitalistas. Triste fue escuchar el pasado 6 de noviembre el drama conmovedor de una paciente de cáncer despedida quien quedó desprovista por la infame Ley 7. Su caso queda en la memoria como un ejemplo de estos inmisericordes y callosos intereses que la tiraron a la calle en su momento más vulnerable.

En cuanto al trabajo personal que me tocó hacer para sobrevivir, aprendí que en algún momento mi sistema inmunológico se incapacitó permitiendo el crecimiento de células cancerosas. Precisar qué incapacitó mi sistema inmunológico ha sido crucial para saber por qué fui invadida por el indeseable inquilino. Las causas no siempre tienen que ver con la disposición genética o con una buena nutrición. Un ambiente de precariedad, de perdida de un ser amado o un trabajo, de frustración constante, de impotencia o de excesiva responsabilidad puede hacer reventar al más o la más fuerte.

Después de varios meses de reflexión y luego de la alucinante noticia de que el cáncer no había transitado por mis nódulos linfáticos a otras partes de mi cuerpo, decidí rechazar la recomendación de someterme a los tratamientos tóxicos sugeridos. Decidí darle a mi sistema inmunológico la oportunidad de trabajar efectivamente sin irradiar ni envenenar mi cuerpo. Hasta el momento, y lo digo con humildad, esa decisión parece haber sido la correcta, al menos para mí. Llevo tres años libre de cáncer y continúo, dentro de la precariedad económica y las luchas con la aseguradora, con un protocolo preventivo de terapia integral no-tóxica (vea blog.mariareinat.com). Si el cáncer hubiera viajado por los nódulos linfáticos otro hubiera sido mi acercamiento.

La tragedia de nuestra Isla ante el actual gobierno no se distancia de la tragedia personal de los pacientes y sobrevivientes de cáncer. Sin embargo, en el caso de un paciente con cáncer el diagnóstico se hace después de un proceso científico y ordenado de corroboración. En mi situación particular, antes de diagnosticarme y tirarme al precipicio emocional, pasé por un riguroso proceso de diagnosis que incluyó el auto-examen, el examen físico de mi doctora de cabecera, la mamografía, la sono-mamografía, el MRI, la biopsia, PET Scan y la biopsia del nódulo centinela. En el caso de nuestra Isla y su servicio público, no se ha seguido un proceso confiable y lógico para diagnosticar nuestro alegado cáncer. Nadie duda o está en negación de que las estructuras utilizadas para la administración de nuestra Isla nos han fallado y que hay una disfunción severa. Sin embargo, antes de desmantelar todo el engranaje gubernamental se necesita un análisis crítico, serio y ordenado que se aleje de posiciones ideológicas.

Se alega como base para el violento modelo administrativo de Fortuño que los/a empleados/as públicos/as incumplían con sus responsabilidades y maltrataban al pueblo cuando se le requerían sus servicios (en las ventanillas, con rudeza, por las largas esperas, o porque perdían el tiempo). Si es así, ¿no hubiera sido lógico evaluar el funcionamiento de las agencias y las ejecutorias de cada empleado/a?, ¿o buscar y rastrear sus ejecutorias y actitudes hacia el público? Y si los supervisores o gerenciales no hicieron buen trabajo de supervisión, ¿dónde están sus evaluaciones para determinar su pésimo rendimiento? En lo personal, según he tenido malas experiencias con empleados del gobierno, las he tenido buenas. Enjuiciar y penalizar a todo el servicio público de nuestro país porque algunos de ellos/as (o incluso si fueran muchos/as) nos hayan fallado, es descabellado, injusto en extremo y mala administración pública.

Otros diagnostican que existe gigantismo gubernamental, que no queda otra sino reducir la plantilla a como dé lugar. Para alumbrar el debate sobre esto los doctores Leonardo Santana Rabell, Mariano Negrón Portillo y José A. Punsoda, docentes de la Escuela Graduada de Administración Pública de la Universidad de Puerto Rico, hicieron un estudio comparativo entre Puerto Rico y 50 estados de los Estados Unidos y 28 países europeos y latinoamericanos. A base de la evidencia determinaron que “la proporción de empleados públicos en Puerto Rico compara favorablemente con sus contrapartes en los Estados Unidos de América y por ende no se sostiene el argumento de gigantismo gubernamental. […] Para el año 2008, 22 estados (44%) tenían la misma proporción de empleados públicos por población que Puerto Rico (7%) y 14 estados (28%) tenían un porciento superior.” (http://chefarana.files.wordpress.com/2009/10/notas_de_investigacion_julio_2009.pdf)

El gobierno, sin embargo, nos ha diagnosticado una enfermedad mortal, ha creado una histeria, y como un doctor desquiciado (que no escucha), implanta medidas insensibles que sofocan, desechan y menosprecian a los/las obreros/as y a los grupos sociales más oprimidos de nuestra sociedad. Su política pública es una medicina tóxica que culmina destruyendo todo lo que nos hace íntegros/as (cultural, política, económica y socialmente). Como el cáncer que produce excesivamente células malignas formando el tumor letal, así nuestro sistema de gobierno propaga su malignidad en todas las esferas sociales e incapacita los mecanismos culturales que pudieran hacernos trabajar organizada y efectivamente para alcanzar el bienestar colectivo.
Como la quimioterapia, la Ley 7 destruye todo lo que encuentra a su paso, sea bueno o malo. Pretende nuestro gobierno, a fuerza de repetición, medias verdades, omisiones y macabras campañas publicitarias, que nos entreguemos a su pócima venenosa. Exige que ante la crisis seamos civilizados, respetemos la ley y el orden, dejemos de quejarnos y nos pongamos a trabajar (pues se asume que somos vagos y hay amplia oferta de trabajo). Tratan de suprimir lo que es natural en un pueblo cuando hay injusticia y degeneración: el levantamiento de la consciencia nacional y el desenfrenado impulso liberador.
Sospecho, sin embargo, que el impacto negativo a nuestra salud colectiva no se hará esperar si no logramos la movilización y la organización sostenida de nuestro pueblo. Esta claro que nuestra sobrevivencia no se resolverá apaciguando o neutralizando nuestro coraje con paliativos o amilanamientos. Muy al contrario, se requieren esfuerzos radicales, transformativos y verdaderamente descolonizadores que reproduzcan y regeneren el humanismo perdido. Estudiosos/as de la sanación nos dicen que no es el paciente que se entrega sumisamente a su circunstancia el o la que logra sobrevivir al cáncer, sino el aguerrido, la que pregunta, el que demanda e incluso aquel o aquella que logra la antipatía del personal médico. La crisis, aunque dolorosa, abre una ventana a la transformación social y al desarrollo de consciencia y nos toca a todos/as asumir nuestro justo lugar histórico. Facilitar un proceso para liberar a nuestro país de sus miedos es requisito para la salud colectiva. No basta con que algunos/as nos arrojemos a la lucha. Los procesos descolonizadores dependen de una práctica generalizada de valentía.

Puerto Rico experimenta el impacto acumulativo de un sistema colonial que con el tiempo ha degenerado en servilismo, domesticación, corrupción e incluso autodestrucción: es ésta nuestra verdadera enfermedad. En los próximos meses podemos sucumbir a la enfermedad que crece al amparo y con la colaboración del gobierno —al cáncer, los cánceres y la metástasis producto de la ingeniería de privatización y el colonialismo— o podemos colectivamente luchar y tomar control de nuestras vidas.

Luchar y tomar control implica mirar hacia adentro, radiografiarnos y reflexionar sobre el individualismo, las divisiones, la competencia, la intolerancia y la inflexibilidad que se ha infiltrado en nuestra sociedad y en nuestros movimientos. Es necesario auscultar por qué y cómo nuestras defensas nacionales han sido comprometidas. Mirar la metástasis del colonialismo internalizado requiere mucho tesón y estámina de lucha. Nuestro pueblo y la lucha patria merecen que trascendamos y que sanemos cualquier desviación que les deshonre. Reconocer que a falta de poder, el sistema colonial produce desnutrición política no es sólo humano, sino estratégico para nuestros movimientos. Esa desnutrición y la necesidad de satisfacernos individualmente invariablemente nos debilita y nos hace vulnerables. El hambre de aceptación, reconocimiento y visibilidad que solemos manifestar algunos/as puede torpedear la mejor de nuestras intenciones y robarle la esperanza a muchos/as. Sanar es imperativo, sobretodo cuando sabemos que estas divisiones y la patología que exhibimos son sembradas por años de colonialismo; trampas en las que caemos una y otra vez, que nos sabotean de adentro hacia fuera.

La felicidad del trabajo digno se ha perdido para miles, otros miles esperan angustiosamente hasta enero del 2010 y la integridad nacional se hace pedazos. Hay cáncer y cánceres, ¡que se nos va la vida en esto!

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